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Spanish En marcha Andy Quinn, de Kennywood, trabaja a diario para construir un puente entre la comunidad y su parque. Por Tim O’Brien Desde su puesto de director de relaciones comunitarias en Kennywood Entertainment, Andy Quinn ha presionado, estudiado y trabajado duro y, por el camino, ha llegado a ser un verdadero “sabio de la calle”. “Los proyectos de autopistas son importantes para kennywood”, le dice Quinn a Funworld. “Nuestro parque es muy conocido en el mercado de Pittsburg y sus alrededores, y tenemos mucho público, pero como cualquiera que nos haya visitado alguna vez le podrá decir, no es fácil llegar hasta aquí. Atraer al público al parque ha sido siempre un reto difícil”. Junto a sus otros compromisos de relaciones comunitarias y gubernamentales, Quinn forma parte del equipo de la MPO (organización para la planificación metropolitana), un puesto esencial para un hombre que representa a un negocio que depende de una nueva autopista para su crecimiento a largo plazo. “Nada se construye en Pennsylvania sin la aprobación de la MPO”, afirma Quinn. Este año, para destacar la necesidad de una nueva autopista que conectase el oeste de Virginia con el área de Pittsburg, los responsables de Kennywood entregaron un estudio que constataba que el parque produjo unos beneficios económicos de $136 millones, la mayor contribución privada de una empresa de entretenimiento del oeste de Pennsylvania. Comparando, la franquicia de los Pittsburgh Pirates de la liga mayor de baseball (Major League Baseball) asciende a $125 millones, junto con otros $85 millones de los Pittsburg Steelers de la liga nacional de fútbol americano (National Football League). Al mismo tiempo el parque ha anunciado que ha gastado unos $2.6 millones en dos terrenos adyacentes que suman cerca de 10 hectáreas (25 acres), para un futura expansión que incluirá más montañas rusas y posiblemente un parque acuático cubierto. Sin embargo, esta expansión depende de la autopista Mon-Fayette Expressway en construcción. Se hará una salida de la autopista a 150 metros (500 pies) del actual aparcamiento y Quinn calcula en unos 700,000 los visitantes anuales que vendrán al parque una vez la autopista está acabada. Guerrero de la carretera Como enlace entre el parque y el Gobierno del Estado, Quinn recorre los más de 600 kilómetros (500 millas) de ida y vuelta que separan Pittsburg de Harrisburg, la capital estatal, varias veces al mes. Allí ha trabajado duro para revocar el impuesto estatal sobre actividades recreativas, un cambio que beneficiará a todas las atracciones turísticas de Pennsylvania. Como presidente del comité de relaciones gubernamentales de la IAAPA (Asociación Internacional de Parques de Atracciones y Entretenimiento), Quinn asesora al departamento de relaciones gubernamentales y al consejo de administración sobre las tendencias que surgen en las relaciones gubernamentales, tanto a nivel de gobierno federal como estatal. Visita a menudo la asamblea legislativa del estado de Pennsylvania y a los miembros destacados del Congreso de los Estado Unidos en Capitol Hill en Washington, D.C. para instruir a los funcionarios del estado en asuntos relacionados con la industria del entretenimiento. “La sólida formación de Andy a cerca de pequeños parques de atracciones es muy valiosa en su papel como director de relaciones gubernamentales. No sólo es un erudito y un apasionado de esta industria y muy bueno en lo que hace, sino que también tiene un profundo conocimiento sobre la necesidad de un programa cohesivo de relaciones gubernamentales”, destaca Randy Davis, vicepresidente de relaciones gubernamentales del IAAPA. “Comprende cómo trabaja el gobierno, y sabe cómo estar el la brecha para influenciar las decisiones de los legisladores”. David afirma que Quinn ha “ayudado a definir la misión del comité de la IAAPA en el futuro. Quinn también participa activamente en la Asociación de Parques y Atracciones de Pennsylvania (PAPA), a cuyo consejo de administración ha pertenecido desde mediados de la pasada década de los ochenta y de la que fue presidente en 1991-92. Hoy es el director del comité de relaciones gubernamentales de la PAPA. Después de leer el currículum vitae de Quinn, podemos concluir que las relaciones gubernamentales son su fuerte. “Sí, estoy predestinado” ríe Quinn. “Me encanta el aspecto político, pero también me trae completamente loco. Estuve tentado en una ocasión de hacer carrera política, y faltó poco. Pero después de ver la escala salarial y teniendo en cuenta por todo lo que hay que pasar, decidí que estaba más dotado para ser cabildero”. “Andy es sensato, de buenas maneras y, por lo que he podido comprobar, imperturbable. Nada parece distraerle o desanimarle”, dice Wayne Pierce, miembro del comité de relaciones gubernamentales y abogado industrial del bufete de abogados Pierce Law Firm de Annapolis, Maryland. “Te lo pasas muy bien con él, y aún así mantiene siempre sus costumbres caballerosas y profesionales. Se encuentra sin duda a su aire en la arena política”. Legado familiar Quinn pertenece a la cuarta generación de descendientes de A. S. McSwigan, su tatarabuelo, que trabaja para Kennywood. McSwigan se asoció a F.W. Henninger en 1906 para adquirir el parque de ocho años de antigüedad a la Monongahela Street Railway Company. Desde entonces ha pertenecido y ha sido dirigido por ambas familias. (A Tom, el padre de Quinn, no le gustaba el negocio y sólo trabajó a tiempo completo en el parque un año). En sus años universitarios en Wheeling College (Virginia oeste), Andy Quinn trabajaba durante los veranos en Kennywood para ganarse sus ahorros. Tras licenciarse en 1975 en ciencias empresariales, no tenía idea alguna de la carrera profesional que iba a seguir. Su padre hizo notar que ningún miembro del lado McSwigan del negocio había trabajado en el parque desde hacía casi una década, y sugirió que su hijo se uniese al negocio familiar. “Era astuto”, recuerda Quinn con una sonrisa. “Me dijo: ‘Andy, vas a ir al parque, te pido cinco años, luego te vas y haces lo que tu quieras’. Pero claro, en esos cinco años me casé, fundé una familia y no me pude permitir marcharme. También me había enamorado del negocio del parque, como bien sabía él que ocurriría. Él me puso el éxito en las manos y, echando la vista atrás, me alegro de que lo hiciese”. Ambos propietarios, la familia Henninger y el clan McSwigan, procuran actualmente no resaltar que “yo soy dueño de este parque”, señala Quinn. “Mi actitud es de que yo trabajo aquí. Claro está, sería difícil despedirme o deshacerse de mí, pero sigo siendo un empleado”. A lo largo de los años, aunque no se hacía público que fuese un miembro de la familia, sus compañeros de trabajo sabían quién era. Hoy, dos de sus hijos, como miembros de la quinta generación de la familia, trabajan en el parque. Para evitar cualquier signo de un potencial nepotismo, le llaman Andy. Ser un miembro de la familia tiene sus beneficios, pero también sus inconvenientes, según Quinn. “Como miembro de la familia te miran de un modo un poco distinto, y tienes que estar al ciento diez por cien todo el tiempo”, dice. “Otros empleados te ven como un líder y siguen tu ejemplo. Tanto recogiendo la basura como tratando a nuestros visitantes, otros empleados se darán cuenta inmediatamente si flaqueamos y lo tomarán como un signo de que ellos también pueden hacerlo”. Quinn tiene la “buena impresión” de que la variedad de trabajos que ha desempeñado en Kennywood a lo largo de los años ayudará positivamente al parque en las futuras generaciones. “Cuando Premier Parks comenzó a comprar todos los parques de atracciones llevados por empresas familiares en los noventa, nos hicieron una oferta extraordinaria, lo suficiente como para poder llevar al consejo de administración una responsabilidad fiduciaria”, recuerda Quinn. Al final se impuso el orgullo familiar al dinero y todos nos comprometimos a que el parque se quedara en casa. “Desde luego nos han llovido ofertas en los últimos tres años”, ríe Quinn. Dijo que había sido como una epifanía todo este tiempo. Sin embargo: “Al oír que estábamos considerando la venta, Ryan, hi hijo mayor, dijo algo que me llegó al alma y que tenía todo el sentido. Me miró y dijo: ‘Papá, no lo hemos comprado, no deberíamos venderlo’”. Reajustes familiares Al entrar a formar parte del parque de atracciones, una vez licenciado, Quinn se dio cuenta enseguida de que trabajar en el parque era más un modo de vida que un trabajo. “Esa es la idea en la que te tienes que apoyar para sobrevivir”, señala. “Para un joven, se trataba de un compromiso enorme y un verdadero obstáculo para sacar adelante una joven familia. Era extraño ver a la gente de vacaciones en julio, ya que nuestro cometido era sacar a los niños del colegio al tiempo que llevábamos a los nuestros en septiembre u octubre”. Al contrario que otras familias en el negocio de los parques de atracciones, los Quinn no pasaban mucho tiempo en él. “Venían dos veces al año, una al acabar el colegio en primavera y una vez más para el ‘Fall Fantasy’, una campaña de promoción de vuelta al colegio. Yo veía el parque como un lugar de trabajo. Acaso quiere uno llevarse a la mujer y a los hijos a la oficina todo el verano?". En 1976, Quinn se casó con su amor universitario, Anne Mathison, y tuvieron tres hijos, Ryan, J.T. y Pat. En abril de 2004, Anne murió de cáncer. “Aquello fue un capítulo muy triste en la vida de nuestra familia y en la de nuestros amigos”, recuerda Quinn. Mientras estaba en la universidad trabajó primero en el parking del parque y luego como conductor-operador de atracciones. Tras incorporarse a tiempo completo, comenzó a trabajar en el servicio de restauración dirigiendo cuatro secciones: comedor, cafetería, empleados de cafetería y servicio de banquetes. En 1982 el parque necesitaba un vendedor de comidas de empresa. “Como buen irlandés, tenía un pico de oro, así que me dieron el puesto”, dice. “En aquellos tiempos la creencia era que si estabas en tu oficina no estabas haciendo tu trabajo”, señala Quinn. “Hasta entonces los vendedores viajaban por la zona, llamando puerta a puerta, y visitando como mucho a cuatro o cinco clientes potenciales al día”, dice. “Es decir, cuatro o cinco en persona, comparado con los cuarenta o cincuenta a los que puedes acceder por teléfono”. Quinn estableció un sistema de llamadas gracias a las cuales tenía siempre una cita en firme antes de salir, una idea que a muchos colegas de Kennywood les costaba asimilar entonces. “Tenía sentido. Era un método sencillo de venta. O les interesaba hacer una comida de empresa en Kennywood o no les interesaba. Con una llamada lo podía averiguar enseguida. La técnica de Quinn era más eficaz, y no llevó mucho tiempo convencer a otros de que se trataba de un buen planteamiento. “Me hice con treinta y cinco nuevas empresas como clientes sólo el primer año”, destaca, y me dediqué en exclusiva a las ventas durante tres años. Carl Hughes, que era el presidente de la empresa, se ocupaba de todo lo que no fuese estrictamente operativo, incluido las relaciones públicas y las campañas de promoción. En 1985, vio que era necesario transferir el trabajo de comunicaciones; Quinn sería el destinatario de la transferencia. “Era entretenido y muy creativo”, recuerda Quinn. “Por entonces no ofrecíamos descuentos para atraer a la gente al parque, ideábamos promociones que la atrajese, como por ejemplo la Jell-O Jumps, en la que la gente debía zambullirse en una piscina llena de mermelada para encontrar las llaves de un coche”. (Como nota al margen, Quinn señala cómo él, no sólo planeaba las promociones, sino que el día que se llevaban a cabo allí estaba “bien temprano” para preparar la mermelada). Desde su puesto temporal de relaciones públicas y promociones, la responsabilidad de Quinn fue desplazándose poco a poco hacia la publicidad. En 1982, Kennywood había comprado el cercano parque de atracciones Idlewild Park y en 1989 construyó el primer parque acuático de la zona: Sandcastle. Para 1990, Quinn era director de marketing y publicidad de los tres parques. En 1992 “teníamos a una persona de cada parque para supervisar el marketing, las relaciones públicas y la publicidad y yo pasé a ventas corporativas para trabajar con las grandes empresas”, dice. Por entonces Quinn se involucró en las relaciones comunitarias y gubernamentales. Debido al relieve adquirido por el parque, se elevaron muchas peticiones para que el equipo de Kennywood se involucrara en la comunidad y en las juntas directivas de otras organizaciones. Quinn fue el agente designado para trabajar con la comunidad. En 1997, quiso entrar a formar parte de la IAAPA. “Carl (Hughes) quería que me implicase en la asociación de nuestra industria y, al mismo tiempo, que me desvinculase de los consejos que no estuviesen directamente relacionadas con nuestro negocio”, dice Quinn. En 1998, había pasado por diez consejos locales y fue elegido para el consejo de administración de IAAPA. Irónicamente, Quinn ha desempeñado prácticamente todos los cargos en el parque y sin embargo nunca ha aspirado a dirigir la empresa. “Siempre he creído que, como miembro de la familia, podría influir en la dirección del parque de otra manera”, afirma. “Siempre he tenido claro en qué era bueno y en qué podía ayudar, y siempre me he mantenido dentro de esos límites”. Ocho años más tarde, a los 52, Quinn se alegra de haberse involucrado en las tareas de la IAAPA. “En unos cinco años, me gustaría dejar de lado un poco del trabajo en Kennywood y participar más activamente en la IAAPA y hacerme allí un sitio”, comenta a Funworld, y añade por qué cree que sería un buen director de la mayor asociación de parques de atracciones y entretenimiento del mundo. “Mi formación es distinta a la habitual en este negocio, y eso me permitiría poner experiencia e ideas frescas sobre el tablero”. Entretanto, Quinn prosigue su vida entre montañas rusas, tiovivos y política. “Me veo viviendo en un hermoso barco de 12 metros (40 pies) en los Cayos de Florida, y luego navegando hacia el norte cada verano. Tengo el presentimiento de que va a ocurrir. ¿Cuando?”, sueña Quinn. Dispuestos a deslumbrarnos de Nuevo. Una nueva generación de jóvenes diseñadores anuncia un futuro halagüeño para las atracciones turísticas. Por Keith Miller Casi todos nosotros hemos ido a parques temáticos, parques de atracciones, zoológicos y museos y nos hemos maravillado ante el genio creativo que se escondía tras muchas de las atracciones. Desde animatronics y muñecos que parecen cobrar vida, así como minuciosas esculturas pasando por emocionantes atracciones de las que le cortan a uno la respiración hasta ambientaciones de una belleza exquisita. Todo nos captura con su magia. ¿Pero se han preguntado alguna vez cómo comenzaron los diseñadores de estos sorprendentes trabajos, dónde adquirieron su destreza y qué los inspira? Para algunos de estos prometedores diseñadores, esta pasión nació cuando eran niños, yendo a los parques temáticos, zoológicos y museos y maravillándose con lo que veían y lo que experimentaban. Para otros, llegó mientras veían películas o jugaban con los videojuegos, o a través de algo que descubrieron en la escuela. Pero todos tuvieron que aprender sus habilidades para que su ferviente interés y sus talentos en ciernes se transformasen en algo tangible para disfrute de todos. Una de las escuelas que enseña buena parte de los conocimientos que los diseñadores necesitan para forjar nuevas creaciones para la industria de las atracciones turísticas es el Instituto de Arte de Pittsburg (AIP) en Pennsylvania. La facultad lleva más de ochenta años en funcionamiento, pero comenzó a fijar su atención en la enseñanza de las artes necesarias para la industria de las atracciones turísticas en la pasada década de los ochenta. Los alumnos que siguen el programa de estudios de Tecnología en Diseño Industrial aprenden a diseñar proyectos desde su conceptualización hasta el modelado y la presentación del prototipo. “Allá por 1988, nuestro director del departamento de diseño industrial vio la necesidad de adentrarse en el diseño y el modelado en 3D, pero no pensaba precisamente en el diseño industrial” dice Jim Yedinak, director del departamento de diseño industrial. “Pero nos llevó a lo que ofrecemos hoy en día, esto es una licenciatura en diseño industrial. Disponemos también de una licenciatura destinada a formar expertos en modelado y fabricantes”. El AIP ofrece un curso de diseño escenográfico que a menudo se orienta hacia la tematización, según Yedinak, además de tres cursos de creación de ingenios mecánicos y dos de máscaras mecánicas, que forman parte de la formación del departamento de efectos especiales. “Un buen ingenio mecánico le lleva a un alumno dos o tres trimestres completarlo”, remarca Yedinak. “Son muchas las horas invertidas”. Pero no se trata tan sólo de la mecánica del diseño. “Deben unir siempre la máscara o la figura que construyen a una historia”, añade. Una vez que los estudiantes están a punto de licenciarse, acuden a Kristin Millar, orientador profesional del departamento de tecnología del diseño industrial. “Me llegan unos veinte o veinticinco recién licenciados en efectos especiales y diseño cada trimestre que necesitan encontrar trabajo”, dice. “Algunos de ellos tienen la oportunidad de hacer prácticas en una empresa de efectos especiales de la ciudad”. Yedinak ve como uno de las tareas más destacadas de los estudiantes del departamento de diseño industrial la de ponerle un rostro a los rígidos modelos mecánicos. “Por ejemplo, los ingenieros mecánicos pueden construir robots, pero no saben cómo hacer que se parezcan a una persona”, explica. “Una vez que funcionan correctamente, se los pasan a un diseñador industrial que conseguirá que tengan un buen aspecto. El noventa y cinco por ciento de los materiales de fabricación que existen se utilizan como soporte mecánico, es el otro cinco por ciento el que crea la ilusión”. A continuación presentamos los perfiles de cinco jóvenes y talentosos diseñadores, ninguno de los cuales supera a penas la veintena. Algunos se encuentran ya trabajando en la industria de las atracciones turísticas, mientras que otros permanecen aún en la escuela o se acaban de licenciar y piensan en el siguiente paso que van a dar. Hablan de cómo se interesaron por el diseño, de en qué quieren emplear sus talentos y de lo que los inspira. Robert Bennett A Robert Bennett le han atraído los animatronics desde que era un niño. “Fuimos a Disney y al parque temático Six Flags cuando era pequeño, y siempre adoré todo lo relacionado con los animatronics” “Pero fue cuando vi ‘Parque Jurásico’ cuando me interesé seriamente en ellos. Comenzé a enredar con todos los materiales que encontraba, mezclándolos y destrozando la casa de mis padres; así que decidí que lo haría en la universidad. No era desde luego el típico chaval de secundaria que no sabe lo que quiera hacer con su vida”. Bennet, de 21 años, ha trabajado para Sea World y Disney, y comenzó a trabajar en enero para KX Internátional en Orlando, Florida, empresa dedicada a la fabricación de marionetas animatronics, reproducciones y tematización para parques temáticos, zoológicos, museos y otras atracciones turísticas. Y nos revela: “En la actualidad estamos trabajando el algunos animatronics para un zoológico y en algunas figuras para el Rainforest Café”. Licenciado en 2004 por el Instituto de Arte de Pittsburgh, Bennett dice que allí aprendió a manejar los programas de CAD (diseño asistido por ordenador), Form-Z, y modelado avanzado en 3D asistido por ordenador. “También, en Ingenios Mecánicos 1 y 2, aprendimos a esculpir figuras y a moldearlas correctamente”, explica Bennett, “y utilizamos servos para aprender como darles movimiento”. Cuando se le pregunta por lo que piensan sus padres y sus amigos de esta pasión, Bennett responde: “Les encanta. No saben muy bien de qué se trata, pero piensan que es el mejor trabajo del mundo. Mucha gente realiza trabajos rutinarios todos los días. Yo haría este incluso si no me pagaran. “Lo que más me emociona es que hago algo en un almacén, donde sea: una figura que está llorando o feliz por ejemplo, y la gente la va a ver y la va a disfrutar durante años”, dice. “A algunos niños le gusta encontrarse con determinados personajes más que cualquier otra cosa, y nosotros hacemos sus sueños realidad”. Dice que una de sus ambiciones es construir dinosauros animatronics que parezcan “más reales” y tengan movimientos más depurados. “Me encantaría crear mi propia empresa”, confiesa. “Me gustaría trabajar en grandes proyectos en parques temáticos”. Trabajar en el “mundo real” no ha apagado el entusiasmo de Bennett. “He estado yendo a los parques casi cada día desde que llegué aquí (Orlando)”, dice. “‘Astronave Tierra’ (‘Spaceship Herat’, Epcot) es todavía mi favorito, pero me encanta ‘La venganza de la momia’ (‘Revenge of the Mummy’,Universal Orlando), y siempre me falta tiempo para ver el Yeti de ‘Expedición al Everest’ (‘Expedition Everest’en El reino animal [Animal Kingdom] de Disney)”. Dan Kanitz “Pienso en cuando vayamos a los centros comerciales o a las empresas y seamos recibidos por robots”. Ese es el intrigante vistazo a un futuro posible de Danny Kanitz, joven de 22 que se acaba de licenciar por el Art Institute of Pittsburgh con un título de diseño industrial, y especializado en efectos especiales. Como en el caso de los otros diseñadores, a Kanitz le surgió su ávido interés por el mundo de las atracciones en los parques de atracciones y parques temáticos. “Visité Cedar Point y Universal Studios de niño y pensé que la gente allí era realmente genial”, dice. “También películas como ‘La guerra de las galaxias’ me metieron el gusanillo”. Pero su verdadero interés son los animatronics. “He jugado con coches teledirigidos toda la vida, así que tenía ya una intuición de cómo podrían funcionar los animatronics”, afirma. “En la facultad aprendimos sobre máscaras mecánicas: dónde deben colocarle los mecanismos mecánicos en la cabeza de un persona, cómo esculpir una cráneo y cómo añadir los servos”. Kanitz dice que quedan todavía muchos problemas por resolver en el mundo de los animatronics: “Los neumáticos son demasiado pesados, y me rondan en la cabeza un par de maneras de mejorarlos”. Lo que más le entusiasma es crear algo que la gente no tiene idea alguna de cómo funciona, y añade: “Lo más duro es planificar como va a [actuar], hay que ser muy organizado”. Kantz ha sido aceptado para el máster de la Universitad de Carnegie Mellon en Pittsburgh, pero explica que está dudando si continuar con su formación o aceptar una oferta de trabajo del Creation Museum cerca de Cincinnati, Ohio, y añade: “Dará igual lo que haga mientras trabaje con animatronics”. Jason Battin Jason Battin, un estudiante de diseño del Instituto de Arte de Pittsburgh que se licenciará en diciembre, tiene ya en mente el diseño conceptual de una nueva montaña rusa: “Tengo una idea para una montaña rusa bajo el agua. Aún no tengo perfeccionada la parte técnica, pero arrancaría por encima de la superficie para luego ser lanzados bajo el agua por el interior de un tubo de policarbonato Plexiglas, a través del que, tumbados, podremos ver el cielo y los efectos especiales creados por el agua, que estará encima de nosotros, pero sin mojarnos”. Battin, de 21, señala que se inspira en atracciones como “La venganza de la momia” que emplea ideas nuevas y creativas, y dice que una de las cosas más importantes que le han enseñado en el AIP es que cuando eres un diseñador no puedes crear de la nada. “Tienes que salir y fijarte en todo constantemente”, destaca. “No puedes sentarte a diseñar sin ninguna [aportación externa], de lo contrario el resultado será forzado e incompleto”. Battin ha asistido a clases de diseño escenográfico y ha trabajado en diseño de exposiciones como pequeños quioscos para parques. Tras toda esta experiencia, ha aprendido una lección que muchos diseñadores de atracciones pueden certificar: “La parte más difícil del diseño es la ergonomía, asegurarse de que lo que uno está construyendo se adapte a absolutamente todo el mundo”. En cuanto a sus ambiciones, Battin revela: “Me gustaría estudiar arquitectura y llegar a lo más alto [profesionalmente]. Y sobre todo me gustaría hacer trabajo de campo”. Mo Nasr “Desde muy temprano me fascinaron las montañas rusas”, dice Mo Nasr, ingeniero de atracciones de veintitrés años de Great Coasters International en Hebron, Kentucky. “Cuando crecí visité La montaña mágica (Magic Mountain) en Disneyland y Knott's Berry Farm. Me gustaban las montañas rusas, tanto las de madera como las metálicas, por la emoción controlada que suponían. Sientes que estás ‘allí fuera’, pero estás conectado a una vía”. Nasr obtuvo su licenciatura en ingeniería mecánica en la universidad de Yale, a lo que sumó un título de postgrado en ingeniería estructural del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). Cuenta que algunos de los cursos que siguió y que utiliza en su trabajo incluían diseño con acero y hormigón, y un curso de dinámica en el que se aprende a diseñar estructuras a prueba de movimientos sísmicos y fuertes vientos. “Actualmente estoy revisando algunos diseños”, dice Nasr. “He estado realizando algunos diseños y haciendo comprobaciones en puentes, dónde las vías se cruzan. Estamos trabajando en dos montañas rusas de Madera, una para los Estados Unidos y otra para Europa. En cuanto a la parte más difícil del proceso de diseño, Nasr responde: “Tan sólo llevo un mes trabajando [en montañas rusas], así que no poder ver todavía el fruto de mi trabajo es lo más duro. Casi no puedo esperar a ver acabado uno de estos proyectos”. Al preguntarle si ha desarrollado o soñado con algún nuevo concepto de diseño que no se haya llevado a cabo todaví, Nasr lamenta: “Tenía dos ideas muy buenas, pero ambas se han llevado ya a cabo. Había pensado en hacer salir de la vía a los coches de la montaña rusa, pero eso ya se ha hecho en ‘X’ (en La montaña mágica), y se me ocurrió además la idea de repentinas paradas y arranques, pero ya lo han hecho también en ‘La venganza de la momia’”. Pero esto no supone ni mucho menos el final de sus sueños o de sus ambiciones: “Me gustaría tener algún día mi propia empresa o mi propio parque”. Shawn McKinney Shawn McKinney explica que fueron las experiencias vividas en Cedar Point cuando era niño, además de las películas y su admiración por el trabajo del genio de las marionetas Jim Henson, lo que inspiró su interés por las atracciones turísticas. “Desarrollé un verdadero interés por el diseño, quería esculpir”, dice. “Lo que más me motiva es hacer creaciones que parezcan reales, el darles movimiento y la nueva tecnología”. McKinney, de 21, que se licenció por el AIP en la rama de diseño industrial en septiembre de 2004, trabaja en la actualidad como artista de animatronics en KX Internacional en Orlando al igual que Bennett. “Las últimas tres semanas hemos estado construyendo estos orangutanes: un bebé y su mamá, y son tan hemosos”, dice McKinney. “Tienen unos 10 o 15 movimientos, y parecen de verdad. Estoy muy orgulloso de ellos". McKinney, que afirma que le gustaría algún día trabajar para la empresa de Jim Henson, obtiene su inspiración de películas, revistas de arte y observando a los animales del zoo. Vivir en Orlando le ha puesto al alcance también las extraordinarias atracciones de los parques temáticos de la zona. “La primera ocasión en que pude ver ‘El árbol de la vida’ (‘Tree of Life’en El reino animal de Disney), me quedé fascinado”, exclama. “También me asombra cómo está evolucionando el sector de las marionetas y los animatronics”. Cuando McKinney intenta explicar su trabajo a familiares y amigos, al principio no se aclaran mucho. “No saben de qué va”, bromea. “Dicen: ‘Ah, suena muy bien’. Luego, cuando les enseño una fotografía, se quedan estupefactos”. El entrevistador Gene Columbus, director de recursos humanos para el entretenimiento en Walt Disney World, enseña a los aspirantes a entrar a trabajar en Disney a través de anécdotas y lecciones que él mismo aprendió en Hollywood y en El reino mágico (Magic Kingdom). Por Tricia Vita De entre los compañeros que trabajan en Walt Disney World, Gene Columbus, el querido director de recursos humanos para el entretenimiento, es ya una leyenda, tanto por su habilidad como contador de historias, como por sus técnicas de entrevista. “Me dan cuerda y no dejo de hablar de creatividad, liderazgo y de la herencia Disney”, dice Columbus, quien ha formado parte de la organización de Disney durante los últimos treinta y cinco años, de los que ha disfrutado cada minuto. Las historias de Columbus destilan experiencias de su vida, a la vez que imparte sabiduría a los nuevos alumnos en prácticas, pero también a los nuevos directivos. Sus entrevistas son “una clase, una sesión de orientación, una lección de negocios y una manera de hacer amigos”, afirma Greg Bell, que se siente afortunado de haber sido reclutado por Columbus y de haber trabajado para su departamento durante dos años antes de trasladarse a relaciones artísticas. Vuelta al colegio Preguntad a cualquiera de entretenimiento u operaciones sobre la “Escuela de Gene Columbus” y lo más probable es que rompan a reír diciendo que ellos son licenciados de la misma. La “escuela” consiste actualmente en una entrevista de una hora cual viaje en montaña rusa y que comienza con un juego de roles entre tres personas en un aparcamiento. “Entrevisto a mucha, mucha gente. Miles, probablemente. Cientos han sido contratados. Algunos dicen que encontraron el proceso de la entrevista muy instructivo porque aprendieron acerca de sus propias habilidades en la toma de decisiones”, comenta Columbus, que prescindió de métodos de contratación que tenían el defecto de no ir más allá de elegantes informes cuando llegó a Orlando en 1977. “Otros han dicho que se marcharon pensando que habían fracasado estrepitosamente y se sorprendieron al ver que se les llamaba para felicitarles por el excelente trabajo realizado y para ofrecerles un puesto”. El jefe de Columbus, Rich Taylor, vicepresidente personal de entretenimiento y vestuario, fue contratado por Columbus hace 25 años como director de escena. “Además de ser un artista y experto en entretenimiento, Gene fue siempre un maestro”, dice Taylor, al recordar aquellos días de hace 25 años en que todo el departamento se apretaba en una pequeña oficina de Main Streen en El reino mágico. Había tan sólo seis directores de escena, y Gene era el jefe. “Gene se tomaba todo el tiempo del mundo para preparar y enseñar a la gente, y todavía lo hace”, cuenta Taylor. Tanto Taylor como Bell describen a Columbus como el “Yoda” del departamento de entretenimiento, que ahora incluye a 5000 miembros de reparto, 100 trabajadores asalariados, 40 empleados de plantilla y numerosos asesores. “Todo el mundo le consulta a Gene acerca de oportunidades profesionales y decisiones, y tiene además la habilidad de encontrar talentos y saber cómo pueden mejor encajar aquí o en cualquier otro sitio”, añade Taylor. “Es además muy franco con todo el mundo. Si te equivocas en algo Gene te orientará en la dirección correcta gracias a los innumerables conocimientos que posee. No tomará decisiones por ti, sino que te ayudará a encontrar por ti mismo cual es la mejor decisión que puedes tomar”. Creer en Uno mismo En el horario de Gene Columbus, los miércoles por la mañana están reservados para los alumnos en prácticas de la universidad de Central Florida (UCF) en el departamento de teatro de Orlando, un programa en el que Columbus contribuyó decisivamente. Columbus es profesor asociado en la UCF, donde enseña dirección de escena. Tanto si está formando a jóvenes en Disney, en la universidad, o en una conferencia sobre teatro, la lección número uno podría llevar por título “No le pidas a nadie que crea en ti hasta que no lo hagas tú mismo”. Esa es también la historia de la fortuita llegada de Columbus al negocio del espectáculo. Un enamoramiento adolescente de la hermana de su mejor amigo lo impulsó a hacer un recado a la clase de ballet de la chica. Una vez allí el profesor dijo: “Mira, él nos vendría a la perfección”. Al cabo de unos pocos meses, la formación en ballet clásico de Columbus comenzó en serio con una beca para la escuela filial del American Ballet Theatre en Denver, Colorado. De allí surgió su pasión por el teatro musical. “Un momento sorprendente y maravilloso de mis años de secundaria fue aquel en que la profesora de teatro necesitó grabar algo para un espectáculo que estaba preparando y me pidió que leyese para alguien que no se mostraba”, recuerda Columbus. “Lo estaba pasando horriblemente mal. Pero aquella extraordinaria profesora me llevó a un lado y me dijo con un tacto proverbial: “‘Jovencito, no me pidas que me crea lo que estás leyendo si no te lo crees tú mismo antes’”. Al año siguiente ya pertenecía al club de teatro. “Me había enganchado”, dice. Hollywood Gypsy La lección dos de la escuela de Gene Columbus es “Todo lo he aprendido en el negocio lo he aprendido en equipo”. Poco antes de cumplir los veinte, Columbus se aventuró en Hollywood, donde, con su bagaje de ballet clásico, hizo su primera aparición en televisión bailando el Twist con Chubby Checker. Tras obtener su carné de afiliado, se convitió lo que llamamos un ‘Hollywood Gypsy’, trabajando en películas como “Clambake” con Elvis Presley y “Funny Girl”. Como le gusta destacar a Columbus, las dos últimas letras de chorus (coro, equipo) son “US (nosotros)”. “Se trata de trabajar juntos todos nosotros”, dice. “No hay nadie en nuestra industria que vaya por su cuenta excepto el dramaturgo. Cada uno de nosotros se convierte en la persona más importante en un momento dado del proceso”. Una de las historias de Columbus traslada al oyente hasta Burbank, California, estudios de Walt Disney Productions, y nos enseña que en la industria del espectáculo, como en la vida, todos son importantes, incluso un joven actor que lucha por abrirse camino como doble de una estrella de cine. “Yo estaba allí de pie, los focos apuntando, sudaba, decían ‘dejadlo chicos’, y todo el mundo se iba a por el café”, cuenta Columbus, recordando como se ganó las credenciales en el gremio de actores (Screen Actors Guild) como doble de Tommy Kirk en la película de Disney “Las desventuras de Merlin Jones (The Misadventures of Merlin Jones)”. La recompensa llegó por sorpresa, cuando Columbus miró por encima del hombro y el tipo que había detrás de él dijo: “¿Qué tal, soy Walt Disney”. “Me quedé helado, pensando: claro, usted es Walt Disney. Quería saber de dónde era y lo que hacía. No recuerdo lo que dije. ¿Pero os imagináis la llamada a mis padres?” Si Walt Disney estuviera vivo hoy, 103 años, pero murió en 1966; muy poca gente de la que trabaja actualmente en Disney lo ha conocido. Columbus utiliza esta historia como herramienta didáctica. “El hecho de que el hombre cuyo nombre colgaba de la puerta por la que él había entrado aquella mañana no daba por supuesto que yo le conocía y que quisiese saber acerca de mí, la persona menos importante en todo el plató aquella mañana, hizo que viese de otra manera a la empresa, y por supuesto a aquel hombre. Fue entonces cuando decidí que quería formar parte de esta organización sin ningún género de dudas”. El desfile de Disney (Disney on Parade) El día de San Valentín de 1970, los deseos de Columbus se hicieron realidad cuando Bon Jani, director de entretenimiento por entonces, le ofreció un puesto de director de escena, profesor de ballet y príncipe de Cenicienta en “El desfile de Disney”: una gira-espectáculo nacional e internacional y vehículo promocional para el Walt Disney World Vacation Kingdom que estaba a punto de abrir en Orlando, Florida. Sin embargo, para Columbus, estar fuera de Los Ángeles el tiempo que fuese no se ajustaba a sus perspectivas. Y sin embargo, su compromiso inicial de tres meses se alargo a cinco años y medio en la carretera con el espectáculo y a toda una vida en Disney. “Fue una experiencia magnifica”, dice Columbus de la gira que le llevó a él y a su mujer, Becky, también bailarina, a través de todo el continente y de Australia y Nueva Zelanda. Sus recuerdos más entrañables vienen de unas Navidades pasadas con los miembros de la compañía en una playa en Auckland. “Creamos nuestra propia familia”, dice Columbus. La carga de trabajo era tal que fue ascendido a director de producción escénica al mismo tiempo que conservaba su puesto de profesor de ballet. “Cuando me fui a Australia, era una especie de representante de Disney, pero seguía haciéndome cargo del espectáculo y del vestuario, y tenía que tratar todos los asuntos de Burbank. “Y por supuesto, recibía llamadas a las tres de la mañana que era cuando surgían”. El mayor reto fue llevar 70 toneladas de equipo y a unas 85 personas por toda Sudamérica. “Llamamos en broma a aquella experiencia de hace ya 25 años ‘Disney on Wood (El bosque de Disney o Disney de madera)’, porque llevábamos un escenario de 15 por 30 metros (50 por 100 pies) que se tuvo que llevar por mar, mientras los demás volábamos de ciudad en ciudad”, dice Columbus. “‘El desfile de Disney’ supuso la oportunidad para la gente que no podía ir hasta Disney de que Disney fuese hasta ellos”. Viejos amigos Columbus, que cumplió los 65 en agosto, tiene una apretada agenda de charlas en universidades, congresos y conferencias de teatro. Cree que esa es la siguiente etapa en su carrera. “La última fase de mi carrera en Disney es importante para mí. He tenido experiencias sorprendentes y memorables, y es tan importante para mí compartirlas”, dice. A una de sus sesiones la denomina “No repetirse nunca en lo creativo”. Otra es acerca de las prioridades en la toma de decisiones basada en su aprendizaje en la industria del entretenimiento. “En todo lo que hacemos en esta industria nuestro público está en mente”, señala Columbus, quien a menudo utiliza la historia de la celebración del cumpleaños de su padre en Walt Disney World para explicarlo. Como dice Greg Bell: “A Gene le encanta contar esta historia a los nuevos directivos en un intento de reestablecer la esencia de, en sus palabras, ‘qué es lo que realmente hacemos en Walt Disney World’ y ‘qué es lo que deben garantizar los directivos’”. Al octogenario padre de Columbus le disgustó ver el castillo transformado en una enorme tarta de cumpleaños rosa en el 25 aniversario de Disney World. “¿Qué le han hecho a MI Castillo?” exclamó. Luego añadió por si acaso: “No me gusta”. Y dice Columbus: “Bueno, podemos aprender una lección aquí: Disney no nos pertenece a nosotros. Le pertenece a todos. Proporcionando una experiencia de calidad, la gente volverá una y otra vez a visitar a sus viejos amigos”.
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